Ser anfitrión es logística, no suerte. Esto separa un encuentro al que la gente vuelve de uno que sale mal.
Decide las condiciones antes de invitar a nadie
- Para quién es, cuántos, qué nivel de riesgo y qué queda fuera. Por escrito y anunciado con la invitación.
- Las condiciones se acuerdan antes de asistir, nunca se renegocian en la sala bajo presión.
- Nunca cobres por participar. En cuanto entra el dinero estás en otro terreno legal y has cambiado lo que el evento es.
Selecciona, y vuelve a seleccionar
- Invita desde una comunidad donde los miembros ya estén filtrados y ya respeten las mismas reglas. Las invitaciones abiertas son el camino a las malas noches.
- Comprueba los resultados de las pruebas en la puerta: compruébalos y destrúyelos en el acto. Nada guardado, nada fotografiado.
El espacio
- Tener sitio para apartarse importa tanto como tenerlo para juntarse. La gente necesita un lugar donde parar sin irse.
- Agua, comida y un sitio claro para las cosas. Muchos anfitriones lo hacen a escote: todos aportan y los gastos se reparten.
- Comida para picar antes que nada que dé trabajo en la cocina. No vas a tener tiempo de cocinar.
Durante la noche
- Empieza por lo social. Los juegos suben paso a paso y solo con consentimiento: nunca abras por el plato fuerte.
- El sistema de señales hace lo que las conversaciones incómodas no pueden. Asegúrate de que todos lo entienden antes de la primera copa.
- Tu trabajo como anfitrión es mirar la sala, no participar el primero. Alguien tiene que estar lo bastante despejado para darse cuenta.
Después
- Por la mañana se recoge entre todos: dilo en la invitación y así será.
- Sin fotos, sin nombres, sin rastro de ubicación. Lo que pasó se queda en la sala.
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